martes, 30 de mayo de 2017

La Espera

El tren llegó veinte años más tarde de lo previsto.

Durante todo ese tiempo, los que esperaban en el andén crearon una sociedad humana con sus normas y sus tradiciones, sus vicios y sus virtudes; sus grupos, sus disidentes, sus héroes, sus artistas, sus enamorados y sus payasos.

Sobre todo fueron levantando pequeñas construcciones recreativas aquí y allá , siempre sin salir de los límites ferroviarios: columpios, toboganes, viejos coches abandonados en los que encaramarse al techo y contar historias... Viviendas no eran necesarias, pues de las inclemencias del tiempo y de los terrores de la noche se refugiaban en la sala de espera de la estación.

Surgieron líderes, se convocaron elecciones, se estructuraron las tareas de limpieza y mantenimiento. Incluso terminó por nacer una religión;  en ella la salvación consistía  en tumbarse sobre las vías con la oreja pegada al suelo, atentos a  la futura venida del Gran Expreso que los conduciría a todos a un mundo mejor. 

Quizá en respuesta a sus oraciones, quién sabe, una mañana lluviosa se presentaron allí los vagones y la locomotora con gran estrépito.

La conmoción agitó aquella sociedad hasta los cimientos.  En realidad nadie recordaba ya que, veinte años atrás, su primera intención había sido salir de viaje. La larga espera se había convertido en la vida cotidiana y el lugar de paso en la patria permanente. 

Pero el asombro no les duró mucho. Poco acostumbrados a la urgencia de los pitidos, no supieron ignorarlos y en seguida se ordenaron  en  fila para subir y ocupar sus asientos, como un pacífico rebaño.

Dejaron atrás su hogar del andén de la estación, aquél que añorarían durante toda su vida con lágrimas en los ojos, o que tal vez olvidarían sin más al doblar las vías la primera curva y adentrarse en el túnel.



 

miércoles, 26 de abril de 2017

No me quieres, Federico

 
 
Ay, Federico, ¡me da tanta pena que no quieras ser mi novio!. 
 
Un novio es una cosa estupenda, ¿sabes? Lo presentas a las amigas para que rabien de la envidia y él te saca de paseo y elogia tu belleza, comparándote con las diosas de los cuadros, esas a las que les brillan las carnes por efecto de una lluvia de oro mitológica; las que surgen de entre las olas como una chica Bond, enseñándolo todo sin perder una pizca de glamur.
 

Un novio te ríe las gracias y te dice que eres la chica más lista y más guapa del mundo. Que te ama con amor de verdad, como el de las películas. Que nunca ha querido a nadie como a ti. Bueno, tal vez a su mamá. A su mamá sí, claro, pero después a ti, sólo a ti y a nadie más que a ti. 
 
Un novio llama al timbre de tu piso, te asomas a la mirilla y le ves ahí, todo trajeado y guapetón en el descansillo de la escalera, con un ramo de rosas en la mano. Son rosas para ti, todas para ti, y te las entregará con una gran sonrisa mientras suena una canción de amor de los años sesenta en la radio, un rayo de sol, oh, oh, oh.

¡Ay, es que el amor es lo más bonito que nos puede traer la vida! Pero lo más, lo más, Federico. Por eso a mí me da mucha, pero mucha, muchísima pena que tú no quieras ser mi novio. 

Bueno,  me da pena un rato. Después me cabrea. Hombre, normal que me cabree. ¿Tú qué te has creído? ¿Dónde y de qué vas a encontrar tú a alguien mejor que yo, más guapa, más inteligente y más parecida a la diosa de la lluvia de oro de los cuadros del museo?
 
Federico, si es que eres subnormal. Y además un tacaño del amor. Y un majadero y un tarado afectivo. Sí, sí, no me mires con esos ojos de corderito degollado, que te conozco las intenciones. Tú lo que quieres es que me compadezca de ti y desenchufe la motosierra. 
 
No me mereces, Federico.. Si ya cuando pagué a aquellos sicarios que te dieron la paliza en el callejón, me dije a mí misma: "Remedios, estás tirando el dinero tontamente. Este tío no te merece, no vale la pena que hagas este esfuerzo económico por él". Bueno, no me dije Remedios sino Reme, porque hay confianza, pero a lo que iba, que ya sabía yo que no apreciarías, ni siquiera después del palizón, la extraordinaria mujer que tenías a tu lado. ¿O ya no te acuerdas de con qué cariño y dedicación te recogí y te curé los moratones? 
 
Un ingrato y un aprovechado, eso es lo que eres tú.
 
En fin, acabemos ya con este sufrimiento. Que sepas que yo te perdono de todo corazón, fíjate si tengo un alma noble. Que no me has querido de novia y, a pesar de tu crueldad, te voy a dar un muerte rápida y con estética postmoderna. Estarás de acuerdo conmigo en que es mucho más de lo que te mereces. Pero no, ya veo que ni en este momento supremo eres capaz de enamorarte de mí ni un poquito, con lo que yo te quiero a ti, Federico, amado mío.
 

 ¡Ay, Federico, cuánto, pero cuantísimo me has hecho sufrir en esta vida!
 
 

martes, 7 de marzo de 2017

Anillo

Brunhilde está soñando rodeada de fuego.

Primero sueña con las huellas de un niño en la arena. La espuma las borra enseguida.

Después ve nacer la primera hoja de trébol del mundo. La ve desde el ojo de una ardilla imposible que vive en un bosque gigante y oscuro.

Y se sueña cabalgando sobre una galaxia que es un laberinto. En el centro de ese laberinto, se descubre a sí misma soñando.

Pasa un segundo incierto: el mar se ha convertido en sangre de dragón. El niño de la playa quiere zambullirse en ella, pero hoy no lo hace. Por eso Brunhilde no puede soñar con su cara, o la sueña pero no la recuerda.

Hay alguien al otro lado del círculo de fuego. Es un caballero, pero no es muy valiente. Sólo pasaba por aquí y se acercó a calentarse un momento.

Brunhilde sigue soñando.


(1 de noviembre de 2010)




 

miércoles, 22 de febrero de 2017

Lascivia





Cuando desperté, la pierna de alguien estaba encima de mí.

Abrí bien los ojos y miré alrededor: no sólo piernas, sino cuerpos enteros, desnudos y en estado de reposo, me rodeaban por todas partes.

Intenté recordar cómo había llegado a aquella orgía. Yo no soy de orgías. ¿Me habrían dado burundanga? Mi memoria estaba a oscuras, lo cual era lamentable porque ¿me lo habría pasado bien? ¿habría hecho cosas que nunca hice antes con partes de mi cuerpo inexploradas y compañeros inimaginables?
Unos segundos de consciencia y me invadió el agobio de encontrarme desnudo e indefenso, cercado por un bosque de desconocidos. 


Me incorporé como pude, sin molestar, sin hacer ruido. Procurando dar los menos pisotones posibles, me dirigí a la puerta cerrada de la habitación.

Algunos de mis compañeros y compañeras ya se habían despertado como yo; otros empezaban a revolverse y la mayoría roncaba a pleno pulmón, desparramados sobre la moqueta.

¿Dónde había dejado mi ropa?

¿Y mi cartera?

A mi mente nebulosa acudieron imágenes de música estridente y luces de discoteca. Y nada más. Sentía vergüenza de no conocer a nadie, quizás en algún momento había metido la pata o resultado impertinente con alguna de aquellas señoritas y caballeros...Un dolor intenso castigaba cada músculo de mi cuerpo, como si me hubieran propinado una somanta de palos.


Conseguí llegar medio arrastras a la puerta, pero, cuando por fin me disponía a salir, una voz me detuvo pronunciando mi nombre. Me volví. Era una joven de belleza espectacular, como una modelo de Victoria Secrets, o una diosa de Boticcelli, blanca, casi transparente, con la melena esparcida sobre la piel desnuda tapando nada.

-Me prometiste que desayunaríamos juntos-dijo
 

Sufrí entonces un ataque de pánico, me aferré a la puerta y huí. Fuera encontré una ropa que no era mía y que me estaba enorme, una especie de túnica de colores chillones de cantante africano. Me la puse sin buscar más. Las calles estaban vacías, debía ser domingo por la mañana, bastante temprano. Corrí descalzo por las aceras sucias. Las pocas personas que encontré me miraron aterradas, convencidas de que era un loco escapado de algún psiquiátrico. Esquivé a la policía escondido en un portal y al poco llegué a casa a tropezones, exhausto. Pensé con angustia en la cara que iba a poner mi madre al abrirme la puerta y verme con aquella pinta. Pero ella no dijo nada, creo que la saqué de la cama con mis timbrazos y se volvió a acostar sin mirarme siquiera. Sólo farfulló un par de insultos que me sonaron a gloria y me calmaron hasta hacerme dormir tumbado en la oscuridad de mi habitación durante horas.

Fue al despertarme, ya de noche, cuando empecé a recordarlo todo. Por las salidas del aire acondicionado de la discoteca Lascivia (escríbase con la S al revés) había empezado a salir un humo deliciosamente aromático. Sólo eso, lo demás vino rodado. Tumbado en mi cama, mirando al techo, no fui capaz de contar con cuanta gente me había besado y sobado. A cuantos seres humanos penetré por distintos agujeros ni cuántos me penetraron a mí. Recordé que había un tío grabando con una cámara. Recordé también que había repetido con la chica que parecía una diosa, incluso recordé la famosa promesa del desayuno juntos. Me había gustado mucho aquella chica. Tenía los pechos pequeños y redondos como manzanas y la mirada oscura como un pozo de los deseos. Me vino a la memoria que había querido tener hijos con ella, varios y de diferentes formas. Pero, ¿quién diablos se enamora en una orgía? Ni siquiera en una orgía involuntaria.

Yo no soy de orgías ni de enamorarme. De tener hijos, menos. Yo soy el hijo aquí, vivo con mamá y me siento muy feliz con ella.

-Está bien-le dije al techo de mi habitación.-Vamos a dejarlo en manos del destino. No haré nada por encontrarla, pero si ella me encuentra a mí, nos casaremos y viviremos felices para siempre. Si no consigue encontrarme, no importa, seguiré con mis costumbres habituales. 


Eso sí, lo tengo decidido: ningún sábado futuro, por lo que pueda pasar,  dejaré de acudir a la discoteca Lascivia.

martes, 6 de diciembre de 2016

A pedazos



Veo desde las ventanas de la casa el alboroto de las olas.

Estoy en la vieja galería de los cristales rotos como si estuviera en un sueño. Aquí me siento a escribir las historias que luego tú nunca leerás hasta el final. Mientras las escribo, miro hacia el abismo azul oscuro y huelo las tormentas que se acercan. Pero no estoy describiendo este lugar, sino un campo de trigo y margaritas, un cielo sin nubes y un verano del Sur: algo muy diferente y muy lejano.


Tú me gritas desde el baño para que vigile la chimenea. No quieres que se apague el fuego.


- ¡No te despistes!- dices.


No quieres que me despiste. Quieres que esté aquí, contigo en la vieja casa, solos los dos. No quieres en modo alguno que me escape al campo dorado de trigo y margaritas. Pero yo tengo los ojos cerrados y no voy a vigilar la chimenea. No voy a obedecerte. Voy a despistarme un buen rato, antes de que vuelvas de la ducha a sentarte junto al fuego, medio envuelto en la toalla y chorreando agua por los dedos de los pies.


Estalla el primer relámpago. Se va la luz. El mar se vuelve negro y se cae un trozo de escayola del techo del salón. Un trozo grande, uno más: ocurre a menudo.


Por las fracturas de los cristales se escurren regueros de agua. Forman un mapa de ríos y afluentes separados por cordilleras. Los sigo con el dedo hasta que me llamas, otra vez a gritos, desde el baño.


-¡Ven, corre! ¡No encuentro el jabón!


Sorteando los pedazos de moldura rota, salgo al pasillo.


Me da miedo el pasillo. Es tierra de nadie y a la vez es tierra de no sé muy bien qué. Muchas veces he imaginado que una mano se agarraba a la mía aquí, en la oscuridad del corredor. Creo que incluso he llegado a sentir su roce y su roce era el del filo de un cuchillo, un tajo de hielo, sin materia, sólo un corte vivo que secciona la carne. 


Entro en el baño, te busco a tientas a través de las cortinas de la bañera y encuentro tu cuerpo mojado.


-Ayúdame a buscar el jabón. Está por ahí, no quiero pisarlo y caerme.


Me inclino y aquí está el jabón. No era tan difícil.


-¿No quieres enjabonarme tú?-dices, sujetando mis dedos como si fueras el fantasma del pasillo.


Se estrella contra el suelo un trozo de azulejo. Un relámpago te hace visible y me hace visible a mí, y nos estamos mirando inmóviles los dos, mientras la casa se cae a pedazos.

Extiendo el jabón sobre tu piel mojada. Con mi dedo, dibujo en ti margaritas de espuma. Recuerdo cuando tu piel era un campo caliente. Pienso en días de verano bajo cielos azules. Me acuerdo de la risa y del deseo.


Luego pienso en los días presentes, que se arrastran entre humedad y niebla, los días podridos.Y  en el corredor sin luz, que nos engullirá a ti y a mí dentro de unos momentos, cuando intentemos llegar hasta la chimenea  y entonces empiece a derrumbarse el techo. Las vigas, las tejas, las figuras de piedra, las telarañas, las goteras, el desván entero... Todo caerá sobre nosotros como un castigo estúpido.


O simplemente pasará la tormenta, transcurrirá la noche y amanecerá otro día exactamente igual a los demás.


Pienso en todo eso pero no digo nada. Con el dedo enjabonado, dibujo sobre ti otra margarita.

martes, 22 de noviembre de 2016

Esqueleto de un animal marino



¿Te acuerdas de cuando bajamos a la playa aquella tarde y vimos el esqueleto de un animal marino?

Era tan grande como las ruinas de una ciudad antigua. 

Nos dijeron que el tiempo había devorado su carne, pero nosotros no lo creímos.

-Han sido las gaviotas-me susurraste al oído-¿No las ves? Están cebadas y sus plumas resplandecen de gusto. Apenas son capaces de levantar el vuelo.

Bajo el último rayo de sol, la playa se llenó de gente, como en un día de verbena. Luego pasaron las horas, la luna arrastró a la marea y las olas se llevaron los huesos.


Nos fuimos a dormir.

Toda la noche sentí tu respiración en mi pecho. Soñaste con balllenas que cantaban canciones de amor al esqueleto de una ciudad en ruinas. Te oí murmurar palabras inconexas en un idioma que nadie puede entender, palabras como de otro planeta o de otra era, palabras que quisiera ver escritas en la arena de la playa para seguirlas despacio con mi dedo, antes de que las pisoteen las gaviotas o se las lleve el mar.

¿Te acuerdas de lo que dijiste en sueños aquella noche?

 Eso que no significaba nada. 
Eso que nos falta en el alma, como la nota perdida de una canción sin magia.

martes, 25 de octubre de 2016

Al final del pueblo




Vivo al final del pueblo, allí donde la calle se convierte en un camino de tierra hacia la nada.

No hay luces en mi casa. Nunca las hubo. Por las noches enciendo velas, pero ni  la cera ardiente borra el olor a viejo de los muros ni las llamitas temblonas consiguen distraer la oscuridad.


Tampoco suele acercarse nadie por aquí. Circulan por la comarca algunas leyendas sobre mi familia, estupideces del vulgo ignorante. Sí, mis parientes tenían aletas en lugar de manos y ocultaban bajo la ropa zonas de su piel completamente escamosas ¿Y qué? También eran valientes cazadores, aguerridos tramperos. En nuestros mejores tiempos, cuando en esta mansión se celebraban  banquetes,  no se veían ni una rata ni una víbora por toda la región.


Luego empezamos a extinguirnos.


Hoy sólo quedo yo entre estas cuatro paredes húmedas que se caen a pedazos. Y en el sótano, la inmensa charca subterránea de la que surgimos hace un millón de años: el cieno donde chapoteo feliz todas las tardes, recordando mi infancia.


Cuando yo me haya muerto, se secará la laguna. Y el mundo, sin nosotros, se habrá convertido en un lugar más pobre y todavía más gris.