lunes, 19 de marzo de 2018

El Vizconde Sigfrido




     El vizconde Sigfrido guarda una moneda de cinco duros en su calcetín menos remendado. Luego se enfunda el calcetín en el pie izquierdo y hace lo propio con otro de diferente color en el derecho.

     A ambos los tapa con unas botas que ha robado hace media hora a un senderista, un joven incauto que dormía la siesta descalzo bajo los pinos, en la ladera cercana. 

     Como Sigfrido no es ningún desalmado, antes de que el excursionista se despierte ha corrido a rebuscar en la mansión unas viejas zapatillas de papá y las ha depositado con sumo afecto en el lugar de las botas. "No vaya a ser, se dice, que este buen muchacho coja una infección por volver a su casa descalzo".

     El vizconde nota con regocijo la monedita de cinco duros en la planta del pie. Se la cogió ayer del bolsillo a la vecina, doña Hermelinda, mientras la señora se volvía con dificultad a mirar la hora en el reloj de la torre. Con ella, Sigfrido bajará al estanco del pueblo y se comprará tabaco para la pipa, aunque sea un paquete pequeño, no importa. Lo que cuenta es que volverá a sentirse como lo que es, un caballero noble de rancio abolengo fumando su aromática cachimba, bien repantingado en el butacón de la sala.

     El vizconde Sigfrido recuerda haber sido siempre pobre como una rata. A duras penas cubre sus necesidades básicas vendiendo chatarra de la mansión familiar, afanando minucias en el pueblo y, últimamente, cobrando un pequeño alquiler a una tribu de titiriteros alojados en el piso de arriba. 

     Papá y Mamá, en cambio, sí que habían nadado en la abundancia. Disponían de chacha y mayordomo y veraneban en Biarritz. Trabajar, lo que se dice trabajar no trabajaron jamás, ni tan siquiera habían movido un dedo más allá del gesto de tocar la campanilla para llamar al servicio y pedir el té de las cinco. Así que, no mucho después de que Sigfrido llegara al mundo entre sábanas de algodón egipcio, desapareció para siempre el último céntimo en las arcas familiares.

     Mamá  no tardó demasiado en levantar el vuelo. Se escapó una noche de tormenta con cierto viajante que vendía enciclopedias de puerta en puerta, un señor de gran belleza que dejaba embobadas a damas y plebeyas con el aleteo de sus pestañas y su labia incomparable. De Mamá nunca más se supo. Sólo quedó en la atmósfera de la mansión el eco fantasmal de su perfume francés y el vuelo de sus encajes, perceptible a través de ciertos contraluces en las tardes de verano.

     En cuanto a Papá, muy abatido, profesó como religioso en el cercano monasterio de la Santísima Parra. A él sí que acudía a visitarle periódicamente  Sigfrido, y se llevaba para casa buenas lonchas de mortadela junto con algunos dulces convetuales mordidos.

      Sigfrido jamás los echó de menos. Sobre todo ahora, con  los titiriteros de huéspedes, con sus pasos llenando de vida el entarimado de arriba y sus prácticas de acrobacias en el jardín.

     "Con titiriteros de inquilinos, ¿quién necesita a progenitores cursis?", se pregunta el vizconde, mientras se dispone a salir y se atusa en el espejo rajado de la entrada.

     Al abrir la puerta del caserón, se topa de frente con el montañero de antes. LLeva las zapatillas y le mira con impertinencia los pies.

     -¡Oiga! ¡Haga el favor de devolverme mis botas o le denuncio ahora mismo a la guardia civil!

     -¡Joven, por favor!-se indigna Sigfrido-¿qué modales son esos? Es verdad, es verdad, confieso que yo tengo sus botas, pero no ha sido un hurto por vicio, sino por tradición familiar, amén de para prevenir los sabañones. A cambio le he dejado esas zapatilllas de pana de primerísima calidad. ¿De qué se queja?

     El joven, estupefacto, se pone como un tomate y aprieta los puños con rabia. No sabe qué decir a tanta desfachatez. En un momento se distrae mirando a uno de los titiriteros que baja enroscado por el tubo del desagüe y Sigfrido aprovecha para darle con la puerta en las narices.

     -¡Vuelva usted mañana!-le grita el vizconde desde el interior-¡Hoy tengo la agenda apretadísima!

      El excursionista piensa en emprenderla a patadas con la puerta, pero poco efecto causarán las pantuflas en un portón de madera maciza. Entonces se deja caer bajo el arco de piedra.

     -¡Pues voy a quedarme aquí sentado hasta que me abra!-exclama furibundo.

    -Oiga, no es por nada-interviene el titiritero mirándole cabeza abajo con conmiseración-, pero a lo mejor  le va a coger un relente antes de que le abran.

     -¡No me importa! Y si se hace de noche llamo al cuartelillo, que quede claro.

     Mientras tanto, Sigfrido sale con calma por la puerta trasera y se encamina al estanco del pueblo. "La estanquera me quiere bien, yo creo que hasta me desea, se dice. Seguro que le saco una petaca entera por los cinco duros. A la vuelta me hago con la comida del gato de doña Hermelinda y apañamos de proteína la cena de hoy." 

     Y todo sale a pedir de boca, excepto que al regreso mira por la ventana del salón y el montañero continúa sentado en el escalón de la puerta.

     Al vizconde le escandaliza tal insistencia.

    -Pero hombre, ¿no desiste usted? Mire que va a perder el último tren para Madrid.

    -¡De ninguna manera! Yo quiero mis botas. No pienso volverme en pantuflas como un imbécil.

     -Está bien, está bien. Si se trata de un asunto de honor, hablamos el mismo idioma. Le abriré ahora, pero, eso sí,  no se imagine que le voy a devolver sus botas. Si acaso le regalaré unos náuticos de cuando Papá navegaba en yate.

     Sigfrido abre la puerta. El joven parece ahora más abatido que indignado. Aún intenta resultar amenazador, pero ya sin convicción ni energías. Le puede el agotamiento.

     -O me devuelve ahora mismo mis botas o le calzo una hostia que le visto de espantapájaros-murmura.

    -Venga, venga, no se altere. Mire detrás de mí, a la escalera principal. ¿A que ahora mismo está poblada por unas curiosas criaturas? Son mis inquilinos. Ellos dicen que son titiriteros, satimbanquis, pero yo no sé si creerles del todo. Incluso para títeres son demasiado flexibles y además creo que nunca duermen. De cualquier manera, me tienen ley porque les doy cobijo por cuatro perras. Si me agrede, ellos darán testimonio de su felonía ante Dios y ante los hombres.

     -Pero bueno, ¿me quiere decir para qué quiere mis botas? Posee usted una mansión, véndala y se compra mil pares mejores. Yo sólo tengo estas, o las tenía, Y las necesito para subir a la sierra, mi única pasión desde que me abandonó Eleonora.

     -Vaya, cuánto lo siento. Así que pena usted de amores. Pero pase y siéntese, reláteme sus cuitas con detalle. ¿Qué prisa tiene? Esta noche ceno un paté delicioso, de alta gama. Le invito. Cenaremos, fumaremos unas pipas y me referirá su historia. Eso sí, tendrá que dormir en la habitación del fantasma, las demás no se encuentran presentables porque tengo al servicio de vacaciones en Benidorm. Pero de las botas olvídese, ¿eh? Son mi botín legítimo ¿Cómo es su gracia? La mía es Sigfrido, pero puede llamarme excelencia porque soy vizconde ¿Me lo había notado en el gusto por lo ajeno? ¡Claro! ¿Ve como no hay que ponerse becerro? Venga, siéntese en ese taburete, que yo me apoltrono en el sillón de orejas y le escucho ¿Cómo es Eleonora? ¿Es una dama de belleza sin par?

     -En realidad no. Es del montón, pero me atrajo de ella una circunstancia insólita, y es que posee un piso en propiedad y libre de cargas. Me interesó principalmente por eso, lo que pasa es que luego la cosa se fue enredando. Y es que Eleonora resultó ser una bomba en la cama. Cuando me quise dar cuenta estaba enamorado de ella hasta las trancas. Muy mal hecho, porque a la vez ella empezó a desenamorarse. La historia duró tres meses, al final de los cuales me devolvió a casa de mi abuela, mi domicilio habitual. Entonces me compré las botas y empecé a subir a la montaña, sobre todo para dormir la siesta ¿Sabía usted que esos pinos de ahí al lado expulsan en ciertos días y horas una sustancia psicotrópica? ¡Y gratis! Cuando me ha robado su excelencia, yo estaba soñando que era el Sultán de Brunei en su harén. Todas las odaliscas se disputaban mis favores y todas tenía la cara de Eleonora.

     -Asombroso-responde Sigfrido tras un meditabundo silencio-.Lo de los pinos lo sabía, por supuesto, Lo que me pasma es que siga usted añorando a Eleonora cuando le ha largado a usted con su abuela y se ha quedado tan ancha.

     -Es cosa del amor, excelencia. No puedo evitarlo.

     -Pues haga un poder, hombre de Dios. Mire, a mí me abandonaron mis padres en la juventud más tierna y casi le digo que me alegro, porque son dos majaderos de tomo y lomo. La una se fue de viajanta y el otro de fraile ¿Cree usted que me acuerdo de sus caras? Bueno, de la de mi padre sí porque me da mortadela, lo cual es un estímulo importante para la  memoria. Por lo demás, tenga por seguro que me importan un pito.

     -¿Novia o esposa no tiene su excelencia?

     -No de momento, pero no lo descarto. La estanquera me hace ojitos y me vende la petaca de tabaco por cinco duros, pero, claro, carece de antepasados y de alcurnia. Usted no conocerá alguna marquesa, condesa, duquesa, incluso baronesa en edad de merecer, ¿verdad?

     -No, lo siento. Yo es que vivo en Usera y no se ven muchas aristócratas por allí.

     -Vaya, pues nada, termínese el paté, que no me come usted nada. ¿A que está riquísimo?

     -Sí que está rico, sí. Bueno, ¿no hay manera entonces de que me devuelva mis botas? Le advierto que por muy bien que me caiga su excelencia, no dudaré en acudir a la guardia civil. Al César lo que es del César.

     -Vaya perra ha cogido con las botas, hijo mío. ¿Pues no le estoy diciendo que le voy a regalar a cambio unos náuticos de Papá? No se lo he dicho antes, pero son italianos y fabricados a mano ¡Ah, amigo, veo que le va cambiando la cara! Y encima están casi nuevos. Papá acababa de comprarlos cuando los acreedores le expropiaron el yate, fíjese si hay que ser tonto. Tenga, puede venderlos y se saca unos dineros, pero deme el capricho de las botas, hombre. Tenga presente que mis antepasados tomaron Jerusalén en la Cuarta Cruzada, y allí saquearon todo lo saqueable. Desde entonces llevamos en los genes el apropiarnos de lo ajeno.

     -¡Está bien, me rindo! Venga, me marcho, que pierdo el último tren. Otro día me quedo a dormir en el cuarto del fantasma. 

     Cuando el joven se aleja con sus náuticos, Sigfrido se queda quieto un momento junto a la puerta. Luego le saluda de lejos con la mano y, tras cerrar la mansión, se vuelve a mirar a los titiriteros sentados en la gran escalinata.

     -Menos mal que la criatura no discierne-les dice-. Le acabo de colocar los zapatos de plástico que le robé a un veraneante el año pasado. Tan contento que se va el muchacho. Un buen chico, no lo duden ustedes. Un poco interesado, pero es el signo de los tiempos. En fin, suban de una vez a acostarse, si es que ustedes se acuestan, que tengo mis dudas. Yo voy a quedarme aquí un rato con mi sillón y mi pipa. Les deseo que pasen buena noche.

     El vizconde, arrellanado en el butacón y envuelto en humo transparente, escucha los rumores de la mansión, su hogar plagado de fantasmas, de perfumes antiguos, de acrobacias imposibles y de velos de encaje de mentira.

     -La felicidad se parece mucho a esto-murmura.

     Y se va quedando dormido, mientras, sobre su cabeza, los saltimbanquis repiquetean esbozando una danza nueva.








viernes, 9 de marzo de 2018

El Estanque




Se apagaron los fuegos y hoy, por fin, puedo volver a sentarme en la orilla del estanque.

El estanque de los peces de colores.

Debería ser verano. Me comería un helado como en los viejos tiempos, o me bebería una limonada, pero no hay ni una cosa ni la otra. Tampoco hay verano.

Antes de la guerra yo descansaba aquí. En este jardín me aislaba del mundo durante largas horas. Escuchaba a las cigarras hasta que caía la noche, esperaba a que la luna se reflejara en el agua quieta y, tras estirarme con el placer de un gato, me iba a dormir.

Era un jardín bien cuidado, con los setos muy altos para convertir en secreta cualquier historia que sucediera en él. En el centro, como en el corazón del mundo, el estanque cobijaba a los peces de tres colores: los azules, los dorados y los verdes, que brillaban en la oscuridad. Yo los observaba y me dejaba hipnotizar por ellos, y me pregunté a menudo si me morderian los dedos cuando los introdujera en el agua. Nunca lo hice. La pregunta se quedó sin respuesta durante muchos años.

Ahora todo me parece muy viejo. El suelo de tierra negra que me rodea aparece cubierto de ramas secas, algunas podridas, todas tronchadas por los huracanes. Los proyectiles han deformado los rosales hasta convertirlos en espinos metálicos. No se escucha un sólo canto de cigarra en cien kilómetros a la redonda. El mundo exterior ha derrotado a los setos y ya únicamente la soledad consigue preservar el secreto de este lugar.

Los peces sí, ellos se mueven, viven y brillan, porque siempre fueron de una naturaleza extraña, o tal vez por la magia de un agua en el que se han reflejado tantas lunas. Me siento en la orilla como entonces (qué bueno, qué milagrosamente bueno poder estar aquí a pesar del cansancio, a pesar del silencio y la ruina) y observo con atención su danza entre las pequeñas ondas transparentes. Es el momento de tomar una decisión, pero no seré yo quien la tome.

Voy a respirar hondo y a sumergir los dedos. Si los peces me muerden, significará que todo ha terminado y me acurrucaré entre los hierbajos esperando a que, por sí sola o porque alguien cruce la valla ruinosa y dispare, me alcance la muerte. 

Si no me muerden, sencillamente aguardaré a la mañana en la misma postura, enroscado en un rincón, tal vez a salvo de todos los monstruos reales e irreales.

Pase lo que pase, ya estoy en casa. Soñaré, seguro que soñaré y de alguna manera volverá a ser verano.

                                           ___________




lunes, 15 de enero de 2018

Inspiración



Facundito Hildegardo Leontini es un escritor novel de larga cabellera que vive en mi mismo bloque de viviendas y que jamás omite el detalle de ponerse un cubata junto al ordenador cuando se entrega a su sagrado arte. 

 A ese cubata le siguen varios, aunque no son sólamente para él: la musa de Facundito, rolliza y flamencota, suele aparecer tan sedienta como si acabara de llegar del Sáhara y el joven se ve en la ineludible obligación de darle de beber bien bebida. 

Nada sabe de esto doña Agonalia, la madre de Facundito, a quien a eso de la medianoche oímos gritar a través de la ventana del patio: 

-¡Facundito, no te estés mucho rato que luego viene la factura de la luz como viene! ¡Ay, este hijo mío, qué desgracia más grande, sin oficio ni beneficio! 

Pero los genios no se pueden andar con tontunas eléctricas. Nuestro joven prodigio se afana hasta la madrugada en terminar su novela, la que él sabe íntimamente que será LA NOVELA, la más grande del siglo XXI, la que le va a llevar no menos de diez mil cubatas de Ballantines (hombre, tampoco le vas a dar garrafón a la musa), la definitiva, la que, por insuperable,  quitará las ganas de escribir una línea más  a la Humanidad entera. 

 La pasada noche, sin embargo, ha resultado un noche especial. Desde las sombras del dormitorio, la musa borrachuza ha decidido que tiene ganas de guerra. Es muy solitario el Sáhara, ella todavía conserva las carnes prietas a pesar de sus mil quinientos años largos y el joven escritor, por los pocos trabajos que la vida le dio, está rubicundo y lustroso. De manera que, sin decir oste ni moste, la musa le ha aposentado a Facundito sus curvas generosas en las rodillas, y al joven, poco ducho en artes amatorias, se le ha caído el cubata de la impresión: él ni siquiera tiene definida su identidad sexual, aún no decidió si le ponen las señoras, los electroduendes o el cartero del barrio, ese que siempre llama dos veces. 

Entre un revoltijo de brazos, piernas y otros miembros, se ha consumado el acto. Por ser la musa extraordinariamente fogosa, Facundito se ha quedado derrengado. Duerme una larga cabezada y al depertar se da cuenta con alarma de que el cubata cayó justo sobre las teclas del ordenador.

 El aparato ha muerto. 

Facundito llora, se tira de los pelos, se da cabezazos contra las paredes, maldice su mala estrella y convoca a gritos a  mamá desde la puerta de su habitación. 

-¡Pues llama a casa del vecino informático, a ver si tiene arreglo la cosa, so pelma! ¡Cuándo será el día que te busques un trabajo como Dios manda! 

Y así es como yo, el vecino informático, he entrado en la vida y en la habitación del joven genio. Él mismo, hecho una Magdalena, me ha contado toda su peripecia con los cubatas y la musa. Tanta pena me ha dado, pero de verdad (porque yo, señores, aunque informático soy un sentimental), que he puesto mis cinco sentidos en arreglarle el ordenador. Y no es que yo lo diga, pero mi toque es un toque mágico, ya que poseo mi propia fuente de inspiración. 

 Yo no me empapo en alcohol, no me hace falta, sólo esnifo nuez moscada molida, cosas de informáticos, ahora no me voy a poner a explicarlo, que no quiero cansar a nadie Y no lo comenten mucho por ahí, no quiero que mi madre se entere, pero ha habido un par de noches en que he tenido algo más que palabras con mi musa, que es rubia y como de ciencia ficción o de anuncio de lejía del futuro. 

Cuando he terminado la reparación, Facundito se ha precipitado a revisar sus archivos. A mí la famosa novela me ha parecido un galimatías ininteligible de palabras sin orden ni concierto, pero él se ha puesto como unas castañuelas, ha bailado por toda la habitación y me ha dado las gracias efusivamente, con muchos abrazos y palmaditas en la espalda. 

-¡Oh,sí! Hela aquí,intacta. Es la gran novela del siglo XXI. ¡Soy tan feliz! 

Allí le he dejado, consumiendo electricidad y whisky con coca-cola, entregado a su labor creativa. 

He vuelto a casa. Ella, mi musa rubia y futurista me estaba esperando sentadita en la cama. Después de atenderla como se merece y de un viajecito al armario de las especias  (todo con mucho sigilo, no queremos enfadar a mamá) me he puesto a programar enseguida, lleno hasta arriba de inspiración, la aplicación que cambiará para siempre el universo y por la que seré recordado en todos los libros de Historia de los siglos venideros.

martes, 30 de mayo de 2017

La Espera

El tren llegó veinte años más tarde de lo previsto.

Durante todo ese tiempo, los que esperaban en el andén crearon una sociedad humana con sus normas y sus tradiciones, sus vicios y sus virtudes; sus grupos, sus disidentes, sus héroes, sus artistas, sus enamorados y sus payasos.

Sobre todo fueron levantando pequeñas construcciones recreativas aquí y allá , siempre sin salir de los límites ferroviarios: columpios, toboganes, viejos coches abandonados en los que encaramarse al techo y contar historias... Viviendas no eran necesarias, pues de las inclemencias del tiempo y de los terrores de la noche se refugiaban en la sala de espera de la estación.

Surgieron líderes, se convocaron elecciones, se estructuraron las tareas de limpieza y mantenimiento. Incluso terminó por nacer una religión;  en ella la salvación consistía  en tumbarse sobre las vías con la oreja pegada al suelo, atentos a  la futura venida del Gran Expreso que los conduciría a todos a un mundo mejor. 

Quizá en respuesta a sus oraciones, quién sabe, una mañana lluviosa se presentaron allí los vagones y la locomotora con gran estrépito.

La conmoción agitó aquella sociedad hasta los cimientos.  En realidad nadie recordaba ya que, veinte años atrás, su primera intención había sido salir de viaje. La larga espera se había convertido en la vida cotidiana y el lugar de paso en la patria permanente. 

Pero el asombro no les duró mucho. Poco acostumbrados a la urgencia de los pitidos, no supieron ignorarlos y en seguida se ordenaron  en  fila para subir y ocupar sus asientos, como un pacífico rebaño.

Dejaron atrás su hogar del andén de la estación, aquél que añorarían durante toda su vida con lágrimas en los ojos, o que tal vez olvidarían sin más al doblar las vías la primera curva y adentrarse en el túnel.



 

miércoles, 26 de abril de 2017

No me quieres, Federico

 
 
Ay, Federico, ¡me da tanta pena que no quieras ser mi novio!. 
 
Un novio es una cosa estupenda, ¿sabes? Lo presentas a las amigas para que rabien de la envidia y él te saca de paseo y elogia tu belleza, comparándote con las diosas de los cuadros, esas a las que les brillan las carnes por efecto de una lluvia de oro mitológica; las que surgen de entre las olas como una chica Bond, enseñándolo todo sin perder una pizca de glamur.
 

Un novio te ríe las gracias y te dice que eres la chica más lista y más guapa del mundo. Que te ama con amor de verdad, como el de las películas. Que nunca ha querido a nadie como a ti. Bueno, tal vez a su mamá. A su mamá sí, claro, pero después a ti, sólo a ti y a nadie más que a ti. 
 
Un novio llama al timbre de tu piso, te asomas a la mirilla y le ves ahí, todo trajeado y guapetón en el descansillo de la escalera, con un ramo de rosas en la mano. Son rosas para ti, todas para ti, y te las entregará con una gran sonrisa mientras suena una canción de amor de los años sesenta en la radio, un rayo de sol, oh, oh, oh.

¡Ay, es que el amor es lo más bonito que nos puede traer la vida! Pero lo más, lo más, Federico. Por eso a mí me da mucha, pero mucha, muchísima pena que tú no quieras ser mi novio. 

Bueno,  me da pena un rato. Después me cabrea. Hombre, normal que me cabree. ¿Tú qué te has creído? ¿Dónde y de qué vas a encontrar tú a alguien mejor que yo, más guapa, más inteligente y más parecida a la diosa de la lluvia de oro de los cuadros del museo?
 
Federico, si es que eres subnormal. Y además un tacaño del amor. Y un majadero y un tarado afectivo. Sí, sí, no me mires con esos ojos de corderito degollado, que te conozco las intenciones. Tú lo que quieres es que me compadezca de ti y desenchufe la motosierra. 
 
No me mereces, Federico.. Si ya cuando pagué a aquellos sicarios que te dieron la paliza en el callejón, me dije a mí misma: "Remedios, estás tirando el dinero tontamente. Este tío no te merece, no vale la pena que hagas este esfuerzo económico por él". Bueno, no me dije Remedios sino Reme, porque hay confianza, pero a lo que iba, que ya sabía yo que no apreciarías, ni siquiera después del palizón, la extraordinaria mujer que tenías a tu lado. ¿O ya no te acuerdas de con qué cariño y dedicación te recogí y te curé los moratones? 
 
Un ingrato y un aprovechado, eso es lo que eres tú.
 
En fin, acabemos ya con este sufrimiento. Que sepas que yo te perdono de todo corazón, fíjate si tengo un alma noble. Que no me has querido de novia y, a pesar de tu crueldad, te voy a dar un muerte rápida y con estética postmoderna. Estarás de acuerdo conmigo en que es mucho más de lo que te mereces. Pero no, ya veo que ni en este momento supremo eres capaz de enamorarte de mí ni un poquito, con lo que yo te quiero a ti, Federico, amado mío.
 

 ¡Ay, Federico, cuánto, pero cuantísimo me has hecho sufrir en esta vida!
 
 

martes, 7 de marzo de 2017

Anillo

Brunhilde está soñando rodeada de fuego.

Primero sueña con las huellas de un niño en la arena. La espuma las borra enseguida.

Después ve nacer la primera hoja de trébol del mundo. La ve desde el ojo de una ardilla imposible que vive en un bosque gigante y oscuro.

Y se sueña cabalgando sobre una galaxia que es un laberinto. En el centro de ese laberinto, se descubre a sí misma soñando.

Pasa un segundo incierto: el mar se ha convertido en sangre de dragón. El niño de la playa quiere zambullirse en ella, pero hoy no lo hace. Por eso Brunhilde no puede soñar con su cara, o la sueña pero no la recuerda.

Hay alguien al otro lado del círculo de fuego. Es un caballero, pero no es muy valiente. Sólo pasaba por aquí y se acercó a calentarse un momento.

Brunhilde sigue soñando.


(1 de noviembre de 2010)




 

miércoles, 22 de febrero de 2017

Lascivia





Cuando desperté, la pierna de alguien estaba encima de mí.

Abrí bien los ojos y miré alrededor: no sólo piernas, sino cuerpos enteros, desnudos y en estado de reposo, me rodeaban por todas partes.

Intenté recordar cómo había llegado a aquella orgía. Yo no soy de orgías. ¿Me habrían dado burundanga? Mi memoria estaba a oscuras, lo cual era lamentable porque ¿me lo habría pasado bien? ¿habría hecho cosas que nunca hice antes con partes de mi cuerpo inexploradas y compañeros inimaginables?
Unos segundos de consciencia y me invadió el agobio de encontrarme desnudo e indefenso, cercado por un bosque de desconocidos. 


Me incorporé como pude, sin molestar, sin hacer ruido. Procurando dar los menos pisotones posibles, me dirigí a la puerta cerrada de la habitación.

Algunos de mis compañeros y compañeras ya se habían despertado como yo; otros empezaban a revolverse y la mayoría roncaba a pleno pulmón, desparramados sobre la moqueta.

¿Dónde había dejado mi ropa?

¿Y mi cartera?

A mi mente nebulosa acudieron imágenes de música estridente y luces de discoteca. Y nada más. Sentía vergüenza de no conocer a nadie, quizás en algún momento había metido la pata o resultado impertinente con alguna de aquellas señoritas y caballeros...Un dolor intenso castigaba cada músculo de mi cuerpo, como si me hubieran propinado una somanta de palos.


Conseguí llegar medio arrastras a la puerta, pero, cuando por fin me disponía a salir, una voz me detuvo pronunciando mi nombre. Me volví. Era una joven de belleza espectacular, como una modelo de Victoria Secrets, o una diosa de Boticcelli, blanca, casi transparente, con la melena esparcida sobre la piel desnuda tapando nada.

-Me prometiste que desayunaríamos juntos-dijo
 

Sufrí entonces un ataque de pánico, me aferré a la puerta y huí. Fuera encontré una ropa que no era mía y que me estaba enorme, una especie de túnica de colores chillones de cantante africano. Me la puse sin buscar más. Las calles estaban vacías, debía ser domingo por la mañana, bastante temprano. Corrí descalzo por las aceras sucias. Las pocas personas que encontré me miraron aterradas, convencidas de que era un loco escapado de algún psiquiátrico. Esquivé a la policía escondido en un portal y al poco llegué a casa a tropezones, exhausto. Pensé con angustia en la cara que iba a poner mi madre al abrirme la puerta y verme con aquella pinta. Pero ella no dijo nada, creo que la saqué de la cama con mis timbrazos y se volvió a acostar sin mirarme siquiera. Sólo farfulló un par de insultos que me sonaron a gloria y me calmaron hasta hacerme dormir tumbado en la oscuridad de mi habitación durante horas.

Fue al despertarme, ya de noche, cuando empecé a recordarlo todo. Por las salidas del aire acondicionado de la discoteca Lascivia (escríbase con la S al revés) había empezado a salir un humo deliciosamente aromático. Sólo eso, lo demás vino rodado. Tumbado en mi cama, mirando al techo, no fui capaz de contar con cuanta gente me había besado y sobado. A cuantos seres humanos penetré por distintos agujeros ni cuántos me penetraron a mí. Recordé que había un tío grabando con una cámara. Recordé también que había repetido con la chica que parecía una diosa, incluso recordé la famosa promesa del desayuno juntos. Me había gustado mucho aquella chica. Tenía los pechos pequeños y redondos como manzanas y la mirada oscura como un pozo de los deseos. Me vino a la memoria que había querido tener hijos con ella, varios y de diferentes formas. Pero, ¿quién diablos se enamora en una orgía? Ni siquiera en una orgía involuntaria.

Yo no soy de orgías ni de enamorarme. De tener hijos, menos. Yo soy el hijo aquí, vivo con mamá y me siento muy feliz con ella.

-Está bien-le dije al techo de mi habitación.-Vamos a dejarlo en manos del destino. No haré nada por encontrarla, pero si ella me encuentra a mí, nos casaremos y viviremos felices para siempre. Si no consigue encontrarme, no importa, seguiré con mis costumbres habituales. 


Eso sí, lo tengo decidido: ningún sábado futuro, por lo que pueda pasar,  dejaré de acudir a la discoteca Lascivia.